De la imprescidible articulación entre ciencia y saberes locales:

Lecciones en La Paz, Baja California

Recorrer Baja California en clave de turismo comunitario es un ejercicio de escucha, de encuentro de saberes y de construcción de esperanza.

Hablando y observando el trabajo de pescadores, líderes locales, mujeres empoderadas, diverasas organizaciones como Grupo Tortugero de las Californias, Guardianas del Conchalito, El Manglito, etc, aprendimos sobre el importante encuentro de saberes entre ciencia (academia) y conocimiento de las comundiades locales.

Notamos que cuando hay capacitación y acompañamiento a las comunidades, voluntad y capacidad organziativa, se pueden lograr generar opciones de turismo comunitario y responsable para que las comundiades den respuesta a la soberanía de sus territorios a través de sus propias luchas.

Hablando con las Guardianas del Conchalito aprendimos que es posible que la gente se organice y logre grandes cosas. Lo vimos en cooperativas pesqueras que hoy protegen lo que antes se depredaba, en mujeres que abren sus casas para convertirlas en centros de saberes ancestrales, y en jóvenes que usan la tecnología para contar las historias de sus comunidades.

A veces creemos que los grandes cambios vienen de los grandes presupuestos o de políticas lejanas. Pero las pequeñas comunidades (como El Delgadito) en Baja California muestran que no hay que subestimar las pequeñas acciones. Una compostera, una caminata guiada, cientos de hectareas reforestadas de mangle, recuperación ecosistémica, un taller de bordado con historia: cuando se suman, esas acciones mínimas generan ondas expansivas que transforman paisajes, economías y horizontes.

Es fundamental que la gente se la crea. Que se reconozcan como agentes de cambio, como protagonistas de sus territorios y de sus historias. Porque cuando eso sucede, algo se enciende, y este contagia a otras y otros.

Ver a personas empoderadas, defendiendo sus manglares, su gastronomía o su memoria histórica y biocultural, también nos empoderó y nos inspiró a sembrar mangle y a seguir intentando hacer divulgación científica y educación ambiental. Nos recordó que no estamos solos, y que la fuerza colectiva es mucho más potente que cualquier miedo.

Se pueden construir proyectos colectivos donde se aprende a coexistir con la naturaleza de manera más amigable, más lenta, más consciente. Aprendimos lo que no aparece en los libros: que el encuentro de saberes entre lo académico y la experiencia y saberes de las comundiades es imprescidible para construir futuros de esperanza.

También encontramos algo que a veces se olvida en las estadísticas: la generosidad de la gente. Esa disposición a abrir la puerta, compartir un café, almejas, cayo de hacha, pescado recién salido del mar, o contar una historia con los ojos brillantes. Esa generosidad no es un dato: es una forma de resistencia.

Pero hay mucho más por hacer. Porque por cada historia de éxito, hay también alertas encendidas: desarrollos turísticos que amenazan ecosistemas, comunidades invisibilizadas, políticas públicas que aún no alcanzan a todos los rincones. El camino es largo, pero ahora sé que vale la pena andarlo.

Baja California no es solo una península. Es un fenómeno del planeta lleno de tesoros naturales, bioculturales y humanos. Un lugar donde el desierto abraza al mar, donde el encuentro de saberes y la recuperación de la memoria biocultural, pueden dar a luz nuevas formas de habitar el mundo.

Al final, este viaje no fue solo hacia un lugar. Fue hacia una forma distinta de entender la fragiliad y vulnerabilidad de todas las formas de vida, la imprescidible necesidad de conservar y de seguir haciendo educación ambiental.