Conocí el trabajo en Sebastião Salgado cuando tenía veinte años en una exposición en Madrid. Su forma única, generosa, conmovedora de sumergirse en las profunidades de la vida y de expresar la historia de la condición humana me impactó y sacudió hasta los huesos. Me hizo cuestionarme. Sin duda es el fotógrafo que más he admirado porque cada fotografía suya es una humilde ofrenda que revela algo de ese misterio que es la vida.
En el Documental La Sal de la Tierra (2014) su director, Tim Wenders dice “tal vez es bueno recordar primero de dónde viene la palabra. En griego, “phos” significa "luz”. Y “grafo” es escritura, pintura. Un fotógrafo es literalmente alguien que pinta con luz. Un hombre escribiendo y reescribiendo el mundo con luz y sombras”.
Su cámara fue una especie de puente con la que conectó mundos. Su intrumento de batalla siempre fue la belleza y la esperanza.
En un mundo cada vez más amnésico, anestesiado y acelerado dominado por el ego, las fotografías de Sebastião Salgado son grietas por donde se filtra la verdad expresada en belleza y en humildad. En blanco y negro, sus imágenes no solo capturan la luz: la siembran. Como si cada clic del obturador fuera un acto de resistencia contra el olvido.
Salgado retrató a la humanidad con la reverencia de quien sabe que cada rostro es un testimonio del mundo que fuimos, del que aún podemos aprender.
Nacido en Aimorés, Brasil, en 1944, y formado como economista, Sebastião dejó los números para perseguir la esencia de la vida humana en sus contrastes más crudos: migraciones, trabajo, guerra, desplazamiento, mineros, refugiados, pueblos de la Amazonia, guerras, genocidios, etc.
Toda la trayectoria documental de este fotógrafo que se sumergió en el alma de la especie humana no hubiera sido posible sin la fuerza de su esposa Leila. Desde su primer gran reportaje, Otras Américas (1977-1984), Sahel (1984-986), Trabajadores (1986-1991), Yugoslavia (1993-1994) o Éxodo (1993-1999), nos ofrece una radiografía desde las migraciones masivas de las últimas décadas hasta los genocidios.
Comentando su trabajo documental en una mina de oro a cielo abierto en Brasil dice Salgado: “ahí en tan solo un segundo se me reveló la historia de la humanidad: la construcción de las pirámides, la torre de Babel, las minas del rey Salomón. Ni el sonido de una sola máquina se podía escuchar. Lo único que se escuchaba era el murmullo de 50 mil personas en un enorme agujero. Conversaciones, ruidos, movimientos humanos mezclados con los sonidos del trabajo manual. Regresé a los umbrales de la civilización”.
Con su serie Éxodos, nos mostró el dolor de los desterrados, los ojos rotos por el hambre, la dignidad aún de pie entre las ruinas del olvido. Y sin embargo, jamás fue un fotógrafo del horror, sino de la resistencia. Porque Salgado no fotografíaba para mostrar lo que ya sabemos, sino para recordarnos esa realidad incómoda que a veces no queremos ver. O que pasamos desaparecida.
Sus imágenes son un lenguaje que se cuela debajo de la piel, que conmueve, que sacude. Pero también que siembra.
Cuenta Salgado que, al volver de documentar el genocidio de Ruanda, su alma estaba enferma y rota al haber sido testigo de lo más bajo y oscuro que puede habitar en el humano. Fue entonces que Leila, su esposa, le acompañó a volver a creer en la vida. El territorio donde había crecido Salgado en Brasil estaba devastado y deforestado a causa de la erosión, sequía y ganado. Leila dijo:
“¿Por qué no reforestamos la selva que había antes?”
Juntos fundaron el Instituto Terra, en Brasil. Convirtieron una gran porción de tierra erosionada en un bosque de vida, devolviendo agua, aves, raíces y esperanza al sudeste brasileño.
Juntos lograron reforestar más de 2,000 hectáreas de tierra degradada, plantando aproximadamente 2.7 millones de árboles de especies nativas. Y restaurando más de 2000 manantiales de aguas que se habían secado. El agua contenta volvió a cantar.
Así como retrató con ternura la rugosidad de los rostros humanos, también fotografió con devoción los pliegues de la Tierra. Génesis, su serie más reciente, es una oración visual: glaciares, desiertos, tribus, ballenas, montañas. Como si en cada imagen dijera: esto aún existe, esto aún se puede proteger y conservar. Este tributo y homenaje a la belleza y fragilidad de la vida del planeta es de una belleza sublime.
Salgado no fue solo un fotógrafo. Fue sobretodo un sembrador. De árboles. De memoria. De humanidad. Su cámara fue su arado. Y cada imagen suya su semilla de esperanza para un mundo que nos llama a despertar de la incosciencia, la barbarie y la destrucción.
Desde aMares rendimos tributo a su memoria y a su vida plena. A su misión cumplida. Y agradecemos la humilidad con la que supo caminar y abrazar la tierra. Agradecemos cada una de sus imágenes con las que nos abraza, guía y acompaña. Agradecemos cada una de las semillas que puso en la tierra y en miles y millones de corazones.
Gracias Sebastiao y Leila porque por su gran inspiración de cómo revivieron miles de hectareas de suelo muerto, desde aMares nos pusimos también a sembrar, a enlodar y a meter las manos a la tierra. Desde el amor y la humildad comprendimos que no podemos curar todo el dolor del mundo, pero si hacer reverdecer el pequeño pedacito que nos toca.
Su luz seguirá siendo un faro que guía y alumbra nuestro trabajo. Gracias infinitas.
