De la era del Antropoceno

hacia la restauración ecológica

Durante milenios, el ser humano vivió con la sospecha de no ser el centro del universo. La lluvia era un misterio. Había que pedir permiso para cazar, agradecer antes de beber del río y explicar las sequías con relatos. Tomábamos de la tierra solo lo necesario. Éramos parte de una historia mayor, un capítulo más en el libro abierto de la Tierra.

Con la revolución agraria en el Neolítico, la Industrialización, la expansión de la creencia de que el humano debe “dominar” las fuerzas naturales, y otros sucesos históricos, sociales y culturales, llegamos a ser la única especie que construye su extinción a través del confort.

Aprendimos a tallar el mundo a nuestra imagen y semejanza. Domamos el fuego, luego la agricultura, luego la máquina, luego el átomo. A tal punto que ahora hasta domamos hasta el clima. Y sin darnos cuenta, escribimos una nueva era geológica: el Antropoceno, la época en que el ser humano se volvió una fuerza telúrica.

Este término fue lanzado por primera vez por el holandés y premio Nobel de química Paul Crutzen en el año 2000. Se refiere a la incursión humana en los ecosistemas que según algunos científicos permanecerán en el tiempo geológico, ejemplo de ello es explotación de energía fósil, la minería, la urbanización, la agricultura, las fábricas, la proliferación de presas y canalizaciones, las emisiones de CO2, la producción de plásticos, cementos y otros tecnofósiles, etc.

El mundo está cambiando aceleradamente y en ello nuestra manera de percibir el tiempo y de percibirnos a nosotros en la dimensión del espacio-tiempo. Aunque está demostrado con data científica que la actividad humana ha modificado el clima hay muchos que lo siguen negando.

Somos la única especie capaz de alterar el equilibrio del planeta entero, y la única lo bastante necia como para seguir haciéndolo, aun sabiendo el daño que causa. El Antropoceno no es el triunfo del humano sobre la naturaleza; es el epitafio de una relación que hemos quebrado y necesitamos remendar urgentemente.

Decimos “cambio climático”, pero lo que hay es ruptura de pactos: con las estaciones, con los ciclos naturales del agua, con los ríos, con los silencios del monte, con los ciclos que alguna vez nos protegieron.

Lo que llamamos Antropoceno tal vez sea, en el fondo, una advertencia escrita en lenguaje geológico, una cuenta regresiva tatuada en las capas del suelo. Pero también es una oportunidad. La oportunidad de recordar que no vinimos a dominar la Tierra, sino a aprender con humildad de ella.

Las pruebas son abrumadoras: gases que atrapan el calor como jaulas invisibles, océanos que se acidifican, insectos que desaparecen sin hacer ruido, y millones de personas que huyen no de guerras, sino del clima.

En el fondo, el Antropoceno es el retrato de una soledad que nos impusimos al olvidar que la Tierra no nos pertenece. La tratamos como paisaje, recurso, botín o amenaza.

Quizá aún estemos a tiempo de revertir los procesos de destrucción ecológica. Volver a mirar con humildad. Aprender del silencio de los bosques. Escuchar a quienes nunca rompieron su pacto con el mundo: los pueblos originarios, los guardianes del agua, los que siembran sin destruir. Ellos nos recuerdan que no se trata de salvar al planeta —él se salvará con o sin nosotros— sino de volver a recordar que no somos separados de la naturaleza, sino que somos naturaleza. No somos la especie más importante, sino que somos seres interdependientes. Que el equilibrio de la vida depende de esa interconexión.

Nuestras sociedades actuales con la globalización asisten a una especie de vaciamiento del tiempo y del sentido de qué es ser humano hoy. Porque hoy por primera vez en la historia humana, el sentido de la vida está dado por que el cada individuo crea para sí mismo. Antes el sentido existencial venía dado por la colectividad y con la colectividad. Diversos científicos y filósofos señalan que el sentido de nuestra existencia no está separado que el de una flor o un colibrí.

Uno de los grandes retos de nuestra especie es el de salir de la era del Antropoceno, forjar una nueva visión del humano como un ser en equilibrio socioambiental, con una visión integradora del ser humano como ser interconectado e interdependiente porque la sobrevivencia de la especie humana depende de que nos veamos y actuemos como una comunidad integrada con árboles, ríos, mares, plantas y todas las formas de organismos vivos. Nuestra salud no es separada de la salud del planeta; es interdependiente.

Para los maoríes, el océano no es simplemente una vasta extensión de agua, ni un recurso explotable. Es, ante todo, un ancestro, un ser vivo que respira, siente y sostiene la red de la vida. Esta cosmovisión ha sido incorporada en la Constitución de Nueva Zelanda. “Ko au te moana, ko te moana ko au” “yo soy el océano y el océano soy yo”.

Es a partir de esta cosmovisión maorí que, en Nueva Zelanda, el río Whanganui fue reconocido como una entidad legal en 2017, después de más de 160 años de lucha por parte del pueblo maorí. Esta decisión otorgó al río derechos y deberes jurídicos, permitiendo que sea representado en tribunales por delegados tanto del Estado como de la comunidad indígena.

En América Latina, países como Ecuador y Colombia han avanzado en el reconocimiento de los derechos de la naturaleza. Ecuador incorporó estos derechos en su Constitución en 2008, y en Colombia, la Corte Constitucional ha emitido fallos que reconocen a ciertos ríos como sujetos de derechos, promoviendo su protección y conservación.

Hay muchas salidas al Antropoceno actual, muchas voces y proyectos alrededor del mundo intentando capturar el CO2 de la atmósfera, buscando reforestar, volver a lo orgánico, hacer educación ambiental, etc. Hay muchos futuros posibles. Lo que hagamos hoy marcará nuestro destino y el del planeta.